Without you (Pt.1) & Don't cry.
Without you (Pt. 2) & November rain.
Without you (Pt. 3):
Estaba vacía.
Elizabeth sabía que sólo necesitaría una bala.
Mayne salió de la pesadilla y se hundió en otro recuerdo. Reconoció el agradable recinto como la suite donde pasaron la luna de miel en Las Vegas y casi se sintió a gusto. La cama estaba
desordenada y Elizabeth sonreía traviesa.
- ¡Qué quieres hacer?
-¿Qué?- Respondió Mayne, desconcertado. Ya habían bebido varias botellas de champaña y habían hecho el amor dos veces.
- ¿Qué quieres hacer?- Repitió ella suavemente, retando a Mayne a responder. Mayne captó el juego y decidió seguirlo Si ella le ofrecía una opción sobre qué hacer a continuación, se aprovecharía de esa generosidad. -Puedes subir a la cama y decirme que me amas o bajar conmigo-.La expresión en la cara de Elizabeth era alegre. Palabras como “amor” eran lo más difícil de decir para Mayne. Ella sonrió de nuevo y empezó a descender hacia su cintura. No le tomó mucho tiempo devolverlo a la vida. Varios minutos después, cuando ella se dio cuenta de que él estaba lo más excitado posible, Elizabeth miró a su hombre y con la expresión más sexy que podía adoptar le dijo suavemente...
- Te amo.
Mayne se vino con un ligero gruñido. El poderoso recuerdo le había dado algo en que trabajar, pero no había placer en el orgasmo. Ya nunca lo habría. Dejó el álbum de fotos a un lado y se recostó en la cama sintiéndose muerto, mirando fijamente al techo. Durante un segundo le pareció escuchar las notas musicales de “Sin Ti”, pero era sólo su imaginación. Su cuerpo cansado permaneció así por lo que le pareció un año antes de poder levantarse. Por lo menos las drogas en la mesa de noche eran reales. Todo lo que necesitaba estaba en la mesa. Escondida debajo del despertador había una jeringa y una cuchara tiznada. Había un vaso medio vacío de agua y un encendedor. Tomó la cuchara y mezcló las cantidades apropiadas de heroína y agua. Luego, usando el encendedor, calentó el fondo de la cuchara hasta que la mezcla se aclaró. Con manos temblorosas agregó un poco de cocaína y así estuvo lista su speedball. Como era una celebridad, no podía permitirse el lujo de tener sus brazos llenos de pinchazos de jeringa. Por eso, normalmente se inyectaba en la parte trasera de sus antebrazos o en sus pies. También se inyectaba en el cuello. Como un experto acupunturista, acertó en una vena palpitante en su antebrazo. “Genial” murmuró mientras examinaba su brazo cuidadosamente, sintiendo cómo la mezcla hacía efecto. Se tumbó de nuevo en la cama. Entre las drogas y sus emociones, estaba exhausto. Era muy agradable que las drogas aliviaran la mayoría de las presiones. Se aceleraba a medida que la droga lo 8 golpeaba en poderosas oleadas. Le tomó un momento antes de darse cuenta de que su brazo tocaba algo. Se giró lentamente. El álbum de fotos estaba abierto en la última página. Esa última página tenía el obituario de Elizabeth y una tarjeta de condolencias. Lágrimas que había retenido desde ese día empezaron a derramarse por sus mejillas. Su rostro pálido se enrojeció y sintió que sus fuerzas se evaporaban. Se hundía en la tristeza, pero no creía en la autocompasión. Y eso lo hizo sentirse aún peor. Se sentó hiperventilando con una pregunta que resonaba dentro de su cabeza. ¿Por qué tuvo que morir? No tenía ninguna respuesta, entonces se puso de pie demasiado rápido. ¿Por qué todo era una mierda? Regresó a la sala. Necesitaba más whiskey.
¿Por qué?
La amaba tanto.
¿Por qué?
Le había ofrecido la mitad de las regalías de derechos de autor de esa canción. La mitad. Eso ya era un imperio financiero. Pero se había negado.
¿Por qué?
Estaba intentando cambiar. Estaba tratando de ser bueno, según las normas de sociedad. Quería entender todo lo que había pasado entre ellos. Quería que ella lo amara, pero sin importar cuánto lo intentaba, lo había jodido todo.
¿Por qué?
Él quería ser normal, pero eso no era posible.
¿Por qué?
Quería sentirse más cerca de Elizabeth, pero ella estaba muerta. Eso atormentó su frágil alma, pero por un segundo de una lógica enfermiza Mayne concluyó que su cuero tampoco debía ser perdonado. “¡Arrrrrrggghh!” Gruñó, atacando su sala como un huracán. Puños y pies atacaron las indefensas paredes y el mobiliario. Lanzó su puño derecho tan fuerte contra la pared que rompió el enyesado. Tomó una lámpara oriental de sobre una mesa y la lanzó por el cuarto. Lanzó violentamente un cenicero de mármol contra una placa conmemorativa arruinando ambos. Respirando pesadamente y mojado en el sudor del alcohol, tomó un disco de platino y lo destrozó, lanzando fragmentos por todas partes. El cristal en el suelo brillaba como arena en una playa. A pesar de todos los cuartos de hotel que había destruido a lo largo de su carrera, Mayne nunca había destruido una guitarra. Eso era tabú. Hasta hoy. Caminó hacia la fila de guitarras, tomó una Stratocaster del 68 por su encordado mástil y la meció, golpeando el sólido cuerpo hasta dejar solo astillas. Con cada acto autodestructivo se sentía ligeramente bien. Caminó hacia otro disco de platino, se preparó y golpeó su puño contra el cristal. La sangre brotó de aquélla mano que estaba asegurada por la casa Lloyd’s de Londres.
Por primera vez ese día, sonrió.
Mayne tomó la botella de Jim Beam del mesón y se atragantó. El analgésico líquido calentó su pecho y alivió su mano sangrante que parecía necesitar puntos. Caminó hacia su equipo de sonido Fischer, y usando la mano que no estaba lastimada, encendió el radio. El dial estaba en una emisora de rock clásico. Era la única estación segura en el dial, ya que jamás pasaban ninguna de sus canciones. Mayne Mann era demasiado nueva, demasiado actual. La estación sólo tocaba material de los 60s y 70s. Inmediatamente reconoció la canción; era “I don't Need Any Doctor”, de Humble Pie. Era ese rock crudo el que lo había inspirado a hacerse músico. Después de los Pie vinieron los Allman Brothers. Mayne detestaba esa canción como si lo hubieran atado a un poste a darle latigazos. Durante los comerciales, fue a la cocina para agarrar otra cerveza. En los parlantes, la publicidad de una tienda de discos anunciaba que sus precios eran los más bajos de Los Ángeles. La música de fondo que acompañaba el anuncio era “Sin Ti.” Sus ojos se humedecieron, pero ninguna lágrima cayó al comprender que sin importar dónde estuviera, no podía esconderse sí mismo. Como un soldado en misión, caminó hacia el equipo, agarró el receptor, le dio un tirón con ambas manos. Después de varios jalonazos fuertes las luces digitales se apagaron. Con el receptor en la mano, tropezó hacia atrás, desgarrando cables y golpeándose con uno de los grandes parlantes Bose. Aturdido y jadeando, siguió su camino con furia hasta la gigantesca 9 puerta corrediza que llevaba al balcón. Sin afán soltó el equipo y corrió el pasador que cerraba la puerta. El aire fresco atacó sus sentidos. La brisa fría le dio vigor cuando salió al balcón y miró hacia abajo. Su Bentley negro brillaba en el parqueadero justo debajo. Levantó el equipo, lo pasó sobre la baranda, y apuntó al auto. Después de algunos segundos de preguntarse si su puntería estaba buena, lo lanzó. El vidrio del parabrisas del automóvil estalló salvajemente cuando el aparato impactó en él. Volvió adentro por la cerveza que había olvidado, y azotó la puerta del refrigerador tan fuerte como pudo. Varias cosas cayeron al suelo. La puerta se desgonzó. Mayne tomó una cerveza, despachó la mitad, y como si fuera un lanzador de béisbol la arrojó contra su colección de guitarras, escasamente fallando contra su favorita: una Les Paul Sunburst del 57. Tomó otra lata del destrozado refrigerador y sus ojos regresaron a las guitarras. Las guitarras eran como niños adoptados, y las amaba a cada una de manera diferente. Algunas guardaban ciertos recuerdos, pero cada guitarra tenía la habilidad de crear magia. Era ese potencial lo que él más respetaba y admiraba en aquellas guitarras, hasta esa tarde. Ahora, sin importar cuánto había amado una determinada guitarra, o qué valiosa pudiera ser, todo lo que deseaba hacer era sentir dolor. El dolor lo regresaba a la realidad. Lo regresaba más cerca de Elizabeth. El le había dado música al mundo, muy buena música, y pedía poco a cambio. Un pequeño espacio para crear, algunas fruslerías, ¿y qué hay de la paz mental? A cambio, tenía más posesiones de la que podía usar, más dinero del que podía contar, y nada por lo que valiera la pena luchar. No hace mucho había luchado endemoniadamente por todo esto. Ahora que era poseedor de ese diamante deseaba que hubiera forma alguna de devolverlo. Desde la cima la vista no era tan hermosa como había imaginado. Lo que hacía como pura expresión artística, la casa discográfica lo convertía en dinero. Pronto se desilusionó de ese sistema, ¿pero qué podía hacer?
Sin la industria no podría compartir su música. Sin importar que tanto habían tratado de explicarle, las notas musicales no tenían un equivalente dólares. Hacía música porque desde pequeño amaba el rock and roll. Era para la gente, su gente, para quienes escribió su música después de escribir para sí mismo. Entonces, ¿por qué no podía dormir en las noches?
Estaba mirando la respuesta. Mataría a sus guitarras. Si no fuera por aquellas guitarras, no habría tenido los problemas que tuvo. Y dejaría la maldita Sunburst 57 para el final. Acabó la cerveza, levantándola sobre su ansiosa boca. La Budweiser se derramó por su rostro. Cuando la lata estaba casi vacía, la aplastó y la pateó como jugando al fútbol. Enfurecido, tomó una Les Paul Black Beauty y le dio una muerte rápida pero salvaje contra la pared. Levantó una rara Telecaster sobre su cabeza y la apaleó contra la mesa de café, rompiendo ambas cosas. Entonces, tomó otra Les Paul y, balanceándola como si fuera un bate del béisbol, golpeó una lámpara y varios objetos antes de que el mástil de la guitarra se quebrara.
- Mierda- refunfuñó. En ese instante, oyó algo como con ritmo. ¿Acaso un baterista tocaba en su cabeza? Le tomo unos segundos comprender que era uno de los vecinos golpeando la pared.
- ¡¡¡Qué!!! ¡¡¡Mucho ruido o qué!!!”- Gritó Mayne hacia la dirección de donde venía el golpeteo. No se detuvo. -¡No me jodas hijueputa!.Toc-toc-toc-toc-toc.
- Hijueputa, se lo advierto- dijo Mayne.
Toc-toc-toc-toc-toc.
Mayne caminó a la habitación, de sobre la mesa de noche tomó su cocaína y vertió una buena cantidad sobre su mano sana y dio una aspirada. Luego lamió el resto, entumeciendo sus dientes y encías. Había una cajetilla de Marlboros en la mesa. Tomó uno y lo encendió. Hizo una aspiración profunda y escuchó. El vecino todavía estaba golpeando. El cenicero era una montaña desbordante de colillas muertas, por lo que Mayne apoyó el cigarrillo en el borde de la mesa de noche. Había intentado evitar una confrontación, pero el cabrón de al lado no lo dejaba. Fue hasta su caja fuerte , agarró la Mágnum .357 y salió de la alcoba.
- Bueno hijueputa, entones juguemos
Toc-toc-toc-toc-toc.
BANG. BANG. BANG.
Descargó tres tiros contra la ya perforada pared. El golpeteo se detuvo al instante. De nuevo, sonrió. Apuntó la pistola hacia uno de sus discos de platino en otra pared y destruyó la brillante carátula. Apuntó a su televisor y lo voló a la eternidad. Quedaba una bala. Tomó la pistola plateada con terror. Fácilmente podría unirse a Elizabeth. Sólo había que apretar rápidamente el gatillo. La idea lo atrajo. Quizás sería mejor en su próxima vida. Lentamente, con los ojos cerrados, levantó la pistola. El gatillo rozaba su encarnado dedo índice. El cañón se sentía bien contra su sien. Mientras se preparaba, volvió a abrir sus ojos. Frente a él, burlándose, había dos guitarras Les Paul más. Hubo un momento en su vida, que aquellas encarnaciones musicales eran sagradas. La dedicación y los años de práctica eran una labor de amor. Las guitarras eran su pasión, su expresión, y habían sido su pasaje para salir de la oscuridad. Pero todo eso había cambiado con una canción. Ahora esas guitarras eran recordatorios de que Mayne nunca podría recobrar su inocencia. “¿Maldita sea.... es que no puedo morir con un poco dignidad?” Se preguntó con una rabia que lo consumió. Ni siquiera se podía suicidar sin que la música interviniera. Su tembloroso brazo bajó y apuntó a una de las guitarras. Hubo una fuerte retrocarga y astillas de madera volaron por doquier. Hizo un gran hoyo en ella. Se acercó para examinar su puntería. Estaba definitivamente muerta, pero eso no era suficiente. Recogió los restos y los arrojó hacia el balcón. Luego se asomó por la baranda. Debajo una pequeña multitud se había reunido alrededor de su lujoso automóvil ahora arruinado.
“¿Alguien quiere un autógrafo?” Preguntó, lanzando la destrozada guitarra. “Esperen un minuto, esperen un minuto. ¡Les doy otro regalo!” Gritó, y corrió a la alcoba.
Sus pesados pasos tumbaron el cigarrillo que había dejado en la mesa de noche. Se fundió con la gruesa alfombra. Mayne buscó dentro de la caja fuerte, tomó un manotón de billetes de cien dólares, y corrió hacia el balcón antes de que su público se fuera. “¡Y que no digan que nunca les dí nada!” Gritaba mientras arrojaba el dinero. Varios espectadores cautos retrocedieron, pero en cuanto vieron que el confeti era dinero, se apresuraron. Mayne saludó con la mano a la pequeña multitud y regresó adentro.Quedaba una guitarra. Miró maravillado los hermosos colores de la 57. Muy apropiadamente llamada Sunburst. Rojos, naranjas y amarillos se entrelazaban en el cuerpo de madera. Esta tenía trastes y puentes de oro. La Sunburst era la preferida de todas sus guitarras. Tenía otras dos docenas en el depósito, pero esa guitarra había sido lo primero que compró después de que Suicide Shift firmara el contrato de grabación. Era la manera como se había premiado a sí mismo por “haberlo logrado”. También era la guitarra donde había compuesto la música para “Sin Ti”. Se acercó con cautela y respeto, y la tomó delicadamente. Se sentó en el suelo al estilo indio. En su interior, se alegraba de no haber destruido esa guitarra. Su mano herida le dolía terriblemente, pero igual quería tocar. La sangre goteó de su mano y se derramó sobre el cuerpo de la guitarra. Hipnotizado, Mayne veía su sangre correr. Sin importar cuán intoxicado estuviera, sus dedos nunca lo traicionaban, y esta guitarra en particular siempre respondía a su llamado. Empezó improvisando algo que sonaba como a Hendrix. Hizo una pausa brusca. Algo en ese último solo de guitarra lo desconcertó y no pudo seguir. De una manera vaga le recordaba a una parte de “Sin Ti”. Después de respirar profundamente, Mayne recobró su compostura parcialmente. Se supone que los multimillonarios como Mayne no lloran. Ellos están más allá de las lágrimas, o al menos eso es lo que la sociedad quiere creer. Mayne Mann era sólo Stephen Maynard Mandraich, un niño talentoso que podía deslizar dedos ágiles a lo largo de un pedazo de madera con cuerdas. Comenzó a interpretar uno de sus solos favoritos, “Don’t Believe a Word” de Thin Lizzy. Aunque la guitarra no estaba amplificada, podía oírla como si lo estuviera. Dejó que la última nota se alargara mientras reflexionaba. Solía amar la textura de este instrumento en sus manos. Solía amar hacer que las cuerdas cobraran vida. Solía amar sólo abrazarla. Entonces en su mente recordó enfermizamente que también había amado tocar a Elizabeth. Se levantó del suelo y descargó la guitarra contra el piso. Aterrizó con un sonoro DWWWAANNNGGGG. Miró fijamente la guitarra y pensó en ella. Ambas le habían dado tanto placer, pero nunca había sido capaz de expresar adecuadamente su gratitud. Nunca le dijo la verdad sobre cómo ella lo hacía sentir, sobre cuánto la amó; y cuando lo hizo, la canción reafirmó que debía haber mantenido su boca cerrada. Por lo menos ella aún estaría viva. Pero la canción era pura y él quería tocarla para ella. Aun si su cuerpo físico no estaba presente, Mayne todavía podría cantar para ella en el cielo. Quería tocar, pero temía tocar a la guitarra.
Entonces Mayne vio una alternativa. Levantó la casi vacía botella de whiskey y escurrió lo que quedaba. Luego la dejó caer de su mano. Demasiado borracho y narcotizado, se tambaleó hasta llegar al piano. El cigarrillo encendido en la habitación había comenzado un fuego lento en la alfombra de la alcoba. El fuego llegó a la cama y se esparció rápidamente. La ropa tirada por todos lados alimentó más el fuego y pronto la habitación estuvo en llamas. Hasta unas confusas horas antes, la vida de Mayne, sin importar cuán miserable era, había sido lo que muchas personas apenas soñaban. Todo era una ilusión, y él era uno de la elite del rock and roll, un héroe. Ahora, estaba reducido a su ser más básico y nada le importaba realmente. Sentía las espinas envueltas alrededor de su corazón y por primera vez en mucho tiempo, se sentía humano de nuevo. Había sofocado su espiritualidad abusando de las drogas. Había perjudicado su salud y su crecimiento personal con el vicio. Se había cegado porque tenía miedo de que su propósito, su don en esta vida, fuera ser fiel a sí mismo. Y el único momento en que pudo encontrar aquella verdad interna, había sido cuando tocaba su música. Suavemente acarició las teclas de marfil, dando vida a melodías a través de sus dedos. Persistía en tocar su música sin importar el dolor de su mano herida. Estaba determinado a tocar para Elizabeth, y todos los otros ángeles. Con cada fluido que despedía, cada armonía, cada acento musical, su dolor interno sanaba un poco. Con cada nota que sonaba se hacía uno con la música.
Sudando abundantemente, Mayne sintió algo agitarse detrás de él. Intentó ignorarlo tanto como le fuera posible. Finalmente, se volvió y vio las grandes llamas que ondulaban saliendo de su habitación. Al principio pensó que era una alucinación, pero el fuego era abrasadoramente real y venía hacia él. Su guitarra favorita ya había sido consumida y estaba muriendo. Quería salvarla, pero no podía. Se rehusaba a que su sesión fuera interrumpida. Elizabeth estaba escuchando. Cada vez que presionaba las teclas del Steinway, el rojo de su sangre manchaba el marfil. Ignoraba las manchas rojas, deslizando sus largos dedos sobre ellas. Las venas palpitaban en sus antebrazos y el sudor corría por su rostro. Todo lo que había querido hacer con su vida era tocar su música, y ahora lo estaba haciendo. En ese momento, se sintió libre de sus demonios. Tomó valor y comenzó a cantar “Sin Ti” en su natural ronca voz. El grueso alfombrado se volvió rápidamente un infierno de pared a pared mientras una ola gigante de fuego se levantó y se extendió alrededor del piano. A él no le podía haber importado menos. Mientras las llamas tragaban el apartamento Mayne nunca gritó, y nunca se equivocó en ninguna nota.
Fin
Pues espero que os haya gustado ^^ Personalmente, me encanta esta historia... creo que se entiende un poco mejor el frustrante mundo de la fama.






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