Without you (Pt. 1) & Don't cry
Without you (Pt. 2):
- ¿Siee?- Dijo una voz aburrida desde el teléfono de un automóvil.
- Soy yo- Dijo Mayne deglutiendo cocaína.
- ¡Mi hermano!- Cantó la voz de Jamie como una caja registradora -¿Qué puedo hacer por ti?
- Un sube y baja.- Era la clave para cocaína y heroína.
- Seguro. ¿Recuerdas lo que hice anoche por ti?
- Sí.- Mayne no lo sabía.
- Me debes tres billetes de esa mierda hermano- el distribuidor le explicó sólo en caso de que su memoria fallara.
- Debo tener un poco de efectivo por ahí, si no encuentro te paso mi tarjeta para que cojas de ahí lo que te debo.
- Ya subo-, dijo Jamie como si le estuviera haciendo un favor y colgó.
- ¡Puto estafador!- Farfulló Mayne para sí mismo.Encendió un cigarrillo y agarró otra cerveza. La tapa estalló ruidosamente y subió espuma hasta la boca de la botella. Miró, entretenido, caminó hasta las cortinas cerradas y las corrió, permitiendo que la brillante luz del sol invadiera su sala. “Juepuuuto seas”, dijo en voz alta, amenazante, haciéndole pistola al sol. La vista desde su balcón era vasta, mostrando la Ciudad de Los Ángeles abajo. Sin embargo, Mayne mantenía las cortinas cerradas la mayor parte del tiempo, prefiriendo no ser parte del mundo exterior. Dentro de su departamento estaba seguro. Contra el ángulo de la pared opuesta, de modo que las teclas de marfil daban a la sala, se hallaba un Steinway clásico. Había pasado muchas horas de placer con ese instrumento, e incluso cuando no lo tocaba, el piano lo estimulaba visualmente. Era un instrumento de gracia y precisión. Junto al piano, descansaban en sus atriles docena y media de guitarras clásicas: Les Pauls, Stratocasters, y Telecasters. Las guitarras que tenía en este apartamento eran las que más amaba.
El timbre resonó, despertando a Mayne de su ensoñación. Fue hasta el intercomunicador y apretó el botón que abría la puerta principal. Unos minutos después Jamie Jazz estaba dentro de su apartamento. Docenas de discos de platino y de oro adornaban las paredes. Horas que se convirtieron en años de planeación, composición y grabación habían recogido estos frutos redondos y planos. Su forma de escribir surgía de sus dolores internos, y sus canciones lentas inspiradas en el blues usualmente trataban de sus dificultades personales. Eran las canciones de las cuales se sentía más orgulloso y de las que creía que trascenderían el tiempo. Las canciones más rápidas y roqueras casi no tenían significado alguno o el significado estaba en el título impreso en la carátula. Desgraciadamente, los premios ya no eran nada sin Elizabeth. Mayne se excusó un momento con y entró a la habitación. Oculta detrás de un disco de platino estaba la caja fuerte. Quitó el disco de la pared, giró la combinación, y abrió la caja. Dentro había joyas, documentos, más de cuatro mil dólares en efectivo, una pipeta de crack y una Mágnum .357 cargada. Agarró unos billetes y volvió a la sala, dejando la caja fuerte cerrada pero sin asegurarla. Jamie estaba sentado en el sillón de cuero negro, con los pies en la mesita de mármol, y con un aspecto muy fresco con sus pantalones deportivos de Suicide Shift (que le había sacado a Mayne) haciendo juego con una camiseta. Ya se había servido él mismo una cerveza.
- ¿Cuánto es todo?
- ¿Incluyendo anoche? Seis- contestó Jamie, ajustando el beeper en su cintura. Mayne le dio seis billetes y puso el resto en el bolsillo de sus pantalones. Juzgando por su mirada, el distribuidor entendió que Mayne quería estar solo y comprendió la señal.
- Me llamas si necesitas algo más- se ofreció Jamie, saliendo del apartamento.En el momento en que la puerta principal se cerró, la mente de Mayne se aceleró, pero su cuerpo se negó a moverse. Tenía las drogas en la mano, pero en vez de buscar una jeringa, regresó a la alcoba. Dentro de la caja fuerte algo más poderoso que su adicción había llamado su atención. Caminó hasta la caja y abrió la puerta. Dentro había un álbum de fotografías que contenía atesorados momentos en fotos a color. Tras colocar las drogas sobre la desarreglada mesa de noche, se tumbó en la cama, y empezó a pasar las hojas del álbum de fotos encuadernado en cuero. Capturados en las fotografías había imágenes y sentimientos tan intensos que lo hacían sentir tan bien como lo hacían sentirse suicida. Elizabeth había sido un desafío intelectual, mientras lo estimulaba de manera sexual. Ella lo había cuidado cuando estaba enfermo, lo cual era frecuente. Ella había desatado sentimientos 6 internos que él siempre intentaba rechazar. Su belleza, tanto interna como física, era algo que él deseaba. Pero cuando la conseguía, hacía todo lo posible por perderla.
Pasó a la segunda página. No tenía idea de cuántas veces se había masturbado con esa foto. Tal vez día por medio. Era una instantánea que le había tomado a ella en unas vacaciones en Las Vegas. En la foto, el viento soplaba su largo cabello apartándolo de su rostro, y ella sonreía. Tras ella estaba el Cesar’s Palace, dónde habían pasado lo mejor de dos semanas en el penthouse. Era la típica foto de turistas, pero era su sonrisa la que lo excitaba. Se veía tan libre de cualquier dolor. Mayne daría cualquier cosa por tener esa sonrisa, esos labios y ese cuerpo de nuevo. Desabotonó sus pantalones de cuero. Antes de empezar a masturbarse, se inclinó hacia el refrigerador y tomó una botella sin abrir de Dom Perignon. La botella se abrió con un fuerte “pop” y el vaho escapó de la boca, pero sin derramar líquido. Bebiendo profundamente de la botella, siguió pasando las páginas del álbum que era demasiado corto, evitando cuidadosamente la última página. Rara vez miraba la última página. Como siempre, regresó atrás a la segunda página. Con dos tercios de la botella despachados, bajó sus pantalones y sus pantaloncillos hasta las rodillas y vertió el champagne restante en las palmas de sus manos. Era parte del ritual. La champaña fina era algo que a él y a Elizabeth les gustaba compartir. Y aún podía compartirlo con ella. Al tomar en sus manos su húmeda erección sus pensamientos se apresuraron. Fue durante una de las últimas cenas que tuvieron que ella dijo algo que lo inspiró a escribir la canción más hermosa de su carrera. “Yo no puedo vivir contigo y no puedo vivir sin ti”, la escuchaba como si fuera ayer. Las palabras fluyeron de la pluma al papel más rápido de lo que podía escribir. Mayne pensó que esa era la mejor manera de explicar todo lo que había pasado entre ellos. La canción “Sin Ti” no era una disculpa, era su versión de la historia. Era la sinceridad del rock and roll que vendería más de tres millones de copias en los Estados Unidos, batiendo los records de ventas, y poniendo al Mayne Mann Group en la cima del mundo. Él le había ofrecido la mitad de las regalías de la canción a Elizabeth, porque sin ella no habría habido ninguna canción. Pero ella se rehusó cortésmente.
Empezó la gira con pre-venta total de tiquetes del Mayne Mann Group. Cuando el tour llegó a Los Ángeles, Mayne quería desesperadamente verla. Sin importar cuántas mujeres tenía, sin importar qué tanto le había dicho a todos que la había olvidado, haría cualquier cosa por ella, excepto dejarla irse de su vida. La llamó una docena de veces en dos días, dejando mensaje tras mensaje en su contestador. Aunque ella nunca respondió, le dejó diez pases de acceso libre al show. Ella nunca apareció. Después del concierto, Mayne juró que no cometería el mismo error dos veces. Se baño rápidamente y se uso ropa seca, y se marchó evitando el barullo de los camerinos. Él y su chofer se dirigieron hacia el apartamento de Elizabeth. Usando el teléfono de la limosina le marcó desde la calle frente al edificio. De nuevo lo saludaba la voz grabada en el contestador. “Elizabeth, yo sé... espero... que estés allí. Estoy abajo, y si tengo que romper la puerta para verte, con gusto lo haré. Si vas a llamar a la policía, puesss, llámalos ahora... no espero nada de ti. Nome lo merezco... Mierda, ni siquiera sé que estoy tratando de decir pero en verdad me importas. Las palabras no pueden sanar lo que te he hecho pero, mierda, el pasado ya pasó... realmente necesito ver tu cara de nuevo”, explicó Mayne suavemente después del pitido. Las palabras aún resonaban en su mente mientras se preguntaba si le habría sido posible expresarse de manera diferente. Ya era demasiado tarde, pensó, ya dentro del edificio. Ésta era una de esas raras ocasiones, después de un concierto, que Mayne estaba sobrio. Cuando llegó por el ascensor a su piso, oyó una música familiar. Mientras más se acercaba, más alto se hacía el volumen. Entonces su mundo empezó a girar incontrolablemente mientras el sonido de un disparo resonaba en el corredor. Corrió hacia el apartamento, inclinó su hombro, y con un desafiante abandono estrelló la puerta de madera. Encontró a Elizabeth en el sofá, sangrando profusamente; la mayor parte de su cabeza desparramada contra la pared detrás de ella. En la mesa de café frente a ella, manchados de sangre, estaban el contestador automático, un esfero, y algunas pelotitas de papel arrugado. Él se paró devastado frente al cadáver. ¿Cómo pudo suceder? Todo lo que había hecho era amarla. Afligido, se acercó lentamente al equipo de sonido, un CD con el sencillo de “Sin Ti” estaba programado repitiéndose. Se preguntó cuántas veces ella había escuchado la misma canción, y apagó el aparato. Luego notó que junto al contestador automático había un papel.
“Número uno, con una bala.”
Decía la nota manchada de sangre. Agitándose y convulsionando, sus lágrimas cayeron abiertamente. Mayne empezó a gritar con todos sus pulmones. Parecía como si alguien hubiera liberado un animal salvaje. Sus chillidos amenazaban con romper las ventanas. Una migraña apuntaló sus sienes palpitantes, y toda su cabeza se llenó de presión. ¿Ella se mató porque habían fallado o porque el no la dejaría ser? ¿Era la canción, una de las pocas cosa que había hecho por sí mismo, lo que la había empujado a esto? ¿Esto realmente estaba pasando?
Luego otro pensamiento le vino a su mente. Tomó la pistola de la mano de ella y la puso contra su sien.
Se uniría a ella.
CLIC
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12 jul 2008 | 05:57 PM
Bonito relato me gusto