Wihout you (Pt. 1):
Mayne se despertó cubierto en sudor. Un callado grito aún se ahogaba en su garganta. Las últimas seis horas las había pasado en un coma autoinducido de drogas y alcohol con el que buscaba dormir. Dormir, un extraño lujo ahora imposible de lograr sin asistencia alguna. Y no importaba si dormía seis horas o seis minutos, la pesadilla siempre se las arreglaba para entrometerse. Ninguna píldora para dormir o antidepresivo alguno lo podía evitar. Él había escrito esa canción y ahora estaba eternamente condenado por ella. Con manos trémulas enjuagó el sudor de su frente y limpió sus dedos en las sábanas de satín. Su reloj de oro y las pulseras tintinearon. Girando sobre su costado dirigió su mirada al reloj digital sobre la mesita de noche que tenía un refrigerador empotrado. Sobre el reloj había un paquete medio desocupado de Marlboros. Al ver los números verdes estos no le devolvieron significado alguno. En realidad no importaba qué hora era, pues su tiempo era el dinero de otros. Al lado del reloj había algo mucho más importante que el dinero o el tiempo. Se sentó lentamente. Ojos abrumados repasaron la mesa de mármol, buscando cualquier rezago del precioso polvo marrón. Encontró fósforos quemados, cigarrillos doblados, cápsulas vacías, pero nada de droga. No importaba. Siempre podía hacer que le trajeran más. Sentándose en el borde de la cama, Mayne se inclinó y abrió la puerta del refrigerador de la mesita de noche. Dentro había varias Budweisers, soda, y una botella helada de Dom Perignon. Sacó una lata de cerveza y despachó la mitad de un solo trago.
Hacía esto cada mañana. Instantáneamente su adolorida cabeza se empezó a sentir mejor. Aunque no estaba dispuesto a admitirlo, había llegado el momento de volver a la vida. Sabía que debía ir al estudio pronto, pero no tenía ganas de hacerlo. Además, las grabaciones de su último álbum “Alone” habían acabado hacía un mes. El álbum ya estaba en las etapas finales de mezclado. Si a Mayne le gustaba lo que escuchaba, lo aprobaría y el álbum saldría al mercado como estaba programado. Si no, debería ser remezclado hasta que lo aprobara. ¿Entonces para qué mierdas lo necesitaban a él? Decidió holgazanear tanto como pudiera antes de ponerse en pie. El baño era un área de guerra tanto como lo era su habitación. Prendas esparcidas, cremas, basura, cassettes, y toallas dominaban el panorama. Usando un radar para localizar la taza, encontró la porcelana, se rindió a la necesidad de vomitar, y liberó sus entrañas. Regresó al cuarto, sin sentirse realmente humano, más bien como un robot vestido con carne alquilada. Había un intenso dolor en suabdomen al que se había ido acostumbrando. Eso, al igual que otras fallas en su salud podía atribuirse a su estilo de vida. Además de sus joyas, Mayne estaba vestido sólo con sus pantaloncillos Jockey. Se tambaleó hasta el vestidor, sacó un pantalón de cuero negro especialmente diseñado para él y se vistió. Encontró un kimono de seda púrpura oscura y se lo puso encima. En un cajón del armario había una cápsula con un gramo de cocaína. Extrayéndola con la larga uña de su meñique, el desvencijado músico inhaló ocho golpes de la aspirina del rock and roll. El kimono se sintió fresco contra su carne tibia. Se preguntó si tenía fiebre, y concluyó que a lo mejor sí. Siempre estaba acabado, como si tuviera una fiebre perpetua. Así era, por supuesto, hasta que acababa su cerveza. La terminó, y lanzó la lata vacía en la dirección aproximada de una caneca que ya estaba llena de latas desocupadas. Mirándose en un espejo de cuerpo entero, el descompuesto ermitaño no reconoció el reflejo. De seguro el largo cabello rubio y los tatuajes le indicaban algo, pero se veía tan frágil. Mayne parecía alguien listo para vestir pijamas de hospital. Su alguna vez atractivo rostro estaba azul, tenso, y sin expresión. Una barba descuidada cubría su mentón y sus ojos esmeralda ya no eran gemas auténticas, sino bisutería.
Necesitaba un trago. Durante los últimos catorce de sus veintiocho años había pasado la mayor parte de su tiempo dentro de una botella. Fiestas adolescentes de cerveza y vino dieron paso a discotecas con vodka y ron, lo cual a su vez evolucionó en whiskey puro. Saliendo de la habitación entonó una oración silenciosa a su santo patrón Jim Beam, pidiendo que hubiera algo de licor en la alacena. Un resplandor dorado rodeaba las pesadas cortinas negras. Una pequeña guerra había ocurrido la noche anterior en la sala. Por todo lado había esparcidos ceniceros llenos, botellas diversas, cajas de cigarrillos enteras y medio desocupadas, y latas de cerveza. Varías carátulas de CDs estaban perdidas en medio de residuos de cocaína, Mayne trató de recordar quién había venido a la fiesta, pero no pudo. Una cajetilla vacía de Kool le indicó que Jamie Jazz, uno de sus varios distribuidores, le había traído algo. No tuvo que esforzarse mucho para relacionar las cápsulas vacías en su dormitorio y Jamie. Jamie (lo pronunciaba yei-mi) era la típica escoria hollywoodense que distribuía personalmente coca, crack, y otras sustancias a celebridades en problemas, explotando sus vulnerabilidades. Mayne buscó más pistas para saber quién más había estado en la fie ta, pero no pudo dar con nadie. Se deslizó tras el bar junto a la cocina y abrió un estante. Había varias botellas vírgenes de varios licores blancos. Un estremecimiento le revolvió el estomago ¿y si no había whiskey? Escarbó en las botellas hasta hallar la apropiada. Un suspiro de alivio escapó de sus labios mientras giraba la tapa y tomaba nota mental de la necesidad de aprovisionarse adecuadamente. El aroma del whiskey era equivalente al del café recién hecho. “Buenos días, mi amor” dijo Mayne en voz alta llevando la botella a sus labios. Como todos los días, un sorbo preludiaba otro. Después de varios tragos, empezó a sentirse mejor. Colocó la botella en el mesón. Con suerte, estaría ebrio antes de empezar el día. Tomó otra Budweiser y volvió a la caótica sala. Había un zumbido sordo dentro de su cráneo. No podía diferenciar si era provocado por la cocaína o por el aire acondicionado. Si tan sólo pudiera recordar qué día era, sabría si la sirvienta vendría hoy a limpiar, y si venía hasta podría traer algo de licor. El músico se sentó en el sofá, tomó el teléfono, y marcó el 411.
- Operadora. ¿de que ciudad llama, por favor?
- Los Ángeles.
- ¿En qué le puedo servir?
-¿Qué día es?- Preguntó sinceramente Mayne, encendiendo un Marlboro.
- ¿Qué?
-¿Qué día es?
- Señor, yo soy una operadora.
- Señora, es el número de Información, y yo le hice una pregunta. -La corrigió Mayne. Una sonrisa sardónica se le escapó. Tras un momento de silencio ella respondió su pregunta.
- Es miércoles, señor.
- Gracias- dijo él, y colgó.No habría ningún servicio de limpieza hoy. Esa no era la manera en que quería empezar el día. Dejó un momento la cerveza, acabó su cigarrillo, y aspiró más cocaína. Después de varios segundos confusos, recordó dónde estaban las grandes bolsas verdes de basura y empezó a recoger los deshechos. Recorriendo el gran apartamento de una sola habitación, cogía todo lo que no estuviera firmemente puesto y lo arrojaba a las bolsas. Botellas y recipientes de comida vacíos estiraron la bolsa de basura al punto de amenazar con rasgarla. Diez minutos después el apartamento empezó a tomar forma. Además de este apartamento tenía uno en Manhattan y otro en Houston. Rara vez frecuentaba su mansión de Hollywood Hills o su casa en Maui. Los dos lugares le recordaban demasiado a ella. La casa de Hollywood Hills había sido el lugar dónde él y Elizabeth Aston habían pasado lo mejor de su vida juntos. Cuando sus pensamientos empezaron a traicionarlo, haciéndolo pensar más y más en ella, Mayne instintivamente buscó el bar y recuperó la botella de whiskey. Podía pensar en ella siempre que tuviera una red de seguridad. Con todo el dinero, la fama, y el éxito que había logrado, eran las cosas simples como la amistad y el amor lo que le eran más difíciles de mantener. Nunca quiso herir a nadie, sobre todo a sus más íntimos, pero por alguna razón ella era a quién él solía herir de la peor manera. Nunca quiso ser malo, pero vivir bajo el microscopio con el mundo entero mirándolo, cualquier mal, público o privado, terminaba explotando en su cara y a menudo era tema de las noticias de la noche. Los errores personales y las mierdadas no se le permitían a la elite. A menudo sufría silenciosamente, atrapado por su propia fama, hasta que necesitaba salir de su jaula. Pero aquella jaula era tan grande como abarcaban sus ojos. Todo lo que Mayne había intentado, fuera bueno o malo, era ser él mismo. Con todos los doctores, especialistas, terapeutas, amigos, y todos en su organización intentando ayudarlo, lo único que lograba era encerrarse más en su capullo, alienándose aún más. A menudo se preguntaba quién era realmente.
¿Era otro número del seguro social regenerado y heredado al nacer o un reflejo genuino de la sociedad?
¿Era un fenómeno o simplemente una fachada?
¿Era un producto de su propia imaginación o simplemente un ladrillo más?
¿Entendería alguna vez su propio destino?Dentro de su mente, analizó por qué su relación con Elizabeth había fallado más veces de las que se podían contar. Como el académico que no era, diseccionó las situaciones. Valoró cosas que debió haber dicho y cosas en las que no debieron encontrarlo. Con respecto al sexo, ¿por qué Elizabeth no podía entender que el simple hecho de apartarse ocasionalmente de su cama no significaba que no la amaba? El sexo era como un juego. Nunca la obligó a que fuera monógama, pero en su interior sabía que si alguna vez se enteraba que ella tiraba con alguien más le habría dolido. ¡Y mucho! Aún con ese pensamiento, él no podía confinarse a una sola mujer. Quería tener su pastel y comerlo. Había intentado ser abierto con ella, pero concluyó que ciertas cosas debían haber permanecido en secreto. El sexo era una adicción egoísta similar a la sensación que experimentaba en el escenario. Los públicos diferentes, como las compañeras diferentes, eran más desafiantes y le hacían trabajar más duro por la ovación. Tanto como a las drogas, era adicto al frenesí. Incluso con todo un imperio a su disposición, el dinero nopodía comprarle amor, ni felicidad, ni paz mental. Ni siquiera a Elizabeth. Mirando rápidamente alrededor de la gran sala, se le antojó que un artista desencantado había absorbido la moderna elegancia del lugar. Ninguna de las posesiones que había allí, excepto unos pocos objetos, habían significado algo para Mayne. Nada de esta mierda era real. Estaba rodeado de los trofeos de un juego que ya no tenía ningún significado. Y estaba cansado de jugar. Un fuerte dolor en su oreja izquierda lo arrastró hacia el corredor oscuro que llevaba del escenario hasta el camerino. Dentro de su cabeza zumbante, altavoces rezumbaban, se encendían y explotaban. Aquel zumbido sordo duró sólo unos segundos, pero los recuerdos del último concierto con su banda, Suicide Shift, nunca se desvanecerían. Por alguna razón que no podía recordar, Elizabeth no había podido asistir a aquel último concierto de la gira. La banda había estado en tour por casi catorce meses, con más de 285 conciertos. Cada par de semanas Mayne hacía que ella volara hasta cualquier ciudad donde estuvieran tocando para que se quedara con él un par de noches. El concierto final de cualquier gira es una noche importante. Era el primer tour grande de Suicide Shift y Mayne quería compartir la experiencia con ella. Era la culminación de muchas millas viajadas, muchas horas trabajadas, y la celebración que siguió estaba muy merecida. La llamó varias veces para ofrecerle los pasajes de avión, intentando persuadirla, pero ella no podía asistir.
La presentación fue un poco más de dos horas de ferocidad eléctrica. Mayne había consumido drogas y alcohol antes y durante el concierto, (lo hacía en cada ocasión) pero fue el entusiasmo de la multitud de Florida, y el saber que podría dormir durante un mes después de eso lo que le dio más energía. Cada vez que se acercaba a su micrófono para cantar, su voz surgía con el vigor del whiskey. Para él, ese era rock and roll en su forma más pura. Y los casi 4.000 asistentes lo reconocían con un aplauso ensordecedor. Después del encore final era el momento de celebrar. Mayne se fue con dos ansiosas mujeres a su cuarto de hotel. En la privacidad del baño se inyectó un poco de heroína. No tanto como para hacerlo cabecear, pero sí lo suficiente como para un buen vuelo. Las dos jovencitas sólo alegrarían un poco más el viaje. Tras forcejear con sus pantalones de gamuza café, se unió a las mujeres desnudas, y así comenzó el fandango. La droga nublaba su no tan buena memoria, pero Mayne podía recordar a un muy ebrio Peter Terrance entrando al cuarto. El baterista de la banda se había equivocado de habitación. En medio de la celebración, Mayne le ofreció una de las chicas. Terrance rechazó el ofrecimiento diciendo que se buscaría una él mismo y se marchó. El menage-a-trois continuó. Pocos segundos después alguien golpeó a la puerta. Creyendo que Terrance aceptaba la oferta, Mayne gritó diciéndole a quien fuera que entrara. Parada frente a la puerta, con un maletín, estaba Elizabeth. A último momento ella había volado de Los Ángeles a Miami para estar con él. La escena se desarrolló muy fuertemente. Elizabeth se tornó histérica y desencajada. Fue el principio del fin de su relación. Mayne volvió a alejarse del pasado. Su rodilla izquierda sonó ruidosamente cuando estiró sus piernas y se dirigió al teléfono. Marcó un botón. El número de Elizabeth todavía estaba programado y de vez en cuando lo marcaba sólo para oír repicar ese teléfono. También en la memoria del teléfono estaban los números de su sello disquero, su manager, los tres miembros de su banda actual, el Mayne Mann Group, y varios distribuidores de droga. Después de no recibir ninguna respuesta del teléfono de Elizabeth, oprimió otro botón. Sus pulseras tintinearon al unísono, y tras unos segundos le respondieron.






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